Las Marzas 2026 en Cantabria

Publicado el 7 de febrero de 2026, 6:28
Las Marzas, Cantabria

La noche del 28 de febrero al 1 de marzo de 2026, Cantabria volverá a encender una de sus tradiciones más antiguas: las Marzas, ese canto colectivo que anuncia que el invierno empieza a retirarse y que la primavera ya respira bajo la tierra.

Cuando cae la tarde y las luces de los pueblos se encienden, grupos de marceros se reúnen en las plazas, afinan las voces y comienzan a recorrer calles y barrios entonando coplas que llevan siglos viajando de generación en generación.

Es una escena que se repite cada año, pero nunca de la misma manera. En Torrelavega, la ronda se adelanta al 28 de febrero, llenando la ciudad de música y convivencia. En Santiago de Cartes, los marceros se preparan durante semanas para cantar en comunidad el 1 de marzo. En Viérnoles, la tradición se vive barrio a barrio, con un ambiente íntimo y profundamente vecinal. Y en decenas de pueblos de Cantabria, desde la costa hasta los valles interiores, las Marzas siguen siendo un ritual vivo que une a jóvenes y mayores.

Porque las Marzas no son solo un canto: son una forma de despertar la tierra, de pedir prosperidad para el nuevo ciclo y de recordar que la identidad cántabra se sostiene en la memoria compartida.

Detalles que hacen únicas las Marzas

Las Marzas, Cantabria

 

Las Marzas se cantan justo al filo del cambio de mes, entre el 28 de febrero y el 1 de marzo, cuando el invierno aún resiste pero la primavera ya asoma. Ese instante liminal —ni febrero ni marzo— es parte de su magia: un umbral simbólico donde se “despierta” el nuevo ciclo.

Su origen es precristiano, vinculado a antiguos ritos de renovación agrícola. Los cantos servían para pedir fertilidad a la tierra, buenas cosechas y protección para el ganado. Con el tiempo, la tradición se cristianizó, pero el trasfondo de “bendecir el año que empieza” sigue intacto.

Los marceros solían recorrer las casas pidiendo alimentos, huevos, chorizo o vino, una costumbre que aún pervive en algunos pueblos. No era mendicidad: era un intercambio ritual. A cambio del donativo, los marceros ofrecían coplas de bendición y buenos deseos para la familia.

Cada localidad conserva sus propias coplas, transmitidas de oído en oído. Algunas son solemnes, otras humorísticas, otras improvisadas según el momento o la persona que abre la puerta. Esa variedad convierte cada ronda en un pequeño archivo vivo de la memoria popular.

En muchos lugares, la ronda termina con una reunión comunitaria donde se comparten productos locales: queso, embutidos, dulces caseros, vino o té del puerto. Es un cierre cálido que resume el espíritu de las Marzas: cantar juntos, agradecer juntos, celebrar juntos.

Aunque tradicionalmente eran los hombres quienes salían a cantar, hoy las Marzas son plenamente inclusivas: participan mujeres, jóvenes, mayores, coros mixtos y grupos vecinales. La tradición se ha adaptado sin perder su esencia.

En algunos pueblos, los marceros llevan faroles o antorchas, creando una estampa nocturna que mezcla música, luz y movimiento. Es uno de los momentos más fotogénicos y emocionantes de la fiesta.

Las Marzas han sido declaradas en varios municipios como Bien de Interés Local Inmaterial, un reconocimiento que subraya su valor cultural y su papel en la identidad cántabra.

 


Cómo se viven las Marzas: ambiente, recorrido y el simbolismo de la vara

Las Marzas, Cantabria

La noche del 28 de febrero al 1 de marzo transforma muchos pueblos de Cantabria en un escenario íntimo donde la tradición camina a la luz tenue de faroles y linternas. Las Marzas no son un espectáculo preparado para el visitante: son una ronda viva, vecinal, que se despliega por calles y barrios como un eco antiguo que anuncia la llegada de la primavera. Cuando los marceros se reúnen, afinan sus voces y levantan sus varas, comienza un recorrido que mezcla música, memoria y comunidad.

Un ambiente que solo se entiende caminándolo

Las Marzas se sienten más que se observan. Quien se cruza con una ronda percibe una atmósfera muy particular:

  • Voces que se entrelazan en armonías antiguas.

  • Pasos lentos que avanzan por calles estrechas y plazas pequeñas.

  • Faroles que iluminan apenas lo justo, creando un ambiente casi ritual.

  • Vecinos que salen a la puerta para escuchar, agradecer o simplemente dejarse llevar.

  • Niños que miran en silencio, como si asistieran a un pequeño misterio.

No hay artificio ni grandes escenarios: solo la fuerza de una tradición que se sostiene en la cercanía y en el gesto de cantar juntos.

El recorrido: casa por casa, barrio por barrio

La ronda avanza despacio. Los marceros se detienen en portales, plazas y rincones significativos para entonar coplas que combinan:

  • saludos y bendiciones

  • peticiones rituales

  • versos humorísticos

  • agradecimientos

Cada localidad tiene sus propias letras, algunas muy antiguas, otras adaptadas con humor a la actualidad. Esa diversidad convierte cada ronda en un patrimonio vivo: no hay dos Marzas iguales.

Por qué los marceros llevan una vara

La vara es uno de los elementos más simbólicos de las Marzas, y su presencia tiene varios significados que se han entrelazado con el tiempo:

  • Guía y autoridad ritual: quien dirige la ronda marca con la vara el inicio y el final de cada copla.

  • Bastón del caminante: las rondas eran largas y nocturnas; la vara servía para apoyarse en caminos irregulares.

  • Protección simbólica: en la tradición rural, la vara protegía frente a la oscuridad y los malos espíritus.

  • Ritmo y compás: en algunos pueblos se golpea suavemente contra el suelo para marcar el tempo.

  • Identidad del grupo: algunas varas se adornan con cintas o ramas, señalando la procedencia de la cuadrilla.

Un objeto sencillo que sostiene siglos de historia.

Dónde vivir las Marzas si estás en Cantabria

Aunque no son una fiesta turística, hay lugares donde la tradición se vive con especial intensidad y donde un visitante puede integrarse fácilmente en la ronda:

  • Torrelavega (28 de febrero): una de las rondas más conocidas y participativas, fácil de seguir y con ambiente muy cálido.

  • Santiago de Cartes (1 de marzo): celebración íntima, emocionante y profundamente comunitaria.

  • Viérnoles (28 de febrero): la versión más auténtica, barrio por barrio, con coplas propias y un ambiente vecinal muy cuidado.

En cualquiera de estos lugares, las Marzas se viven desde dentro: caminando, escuchando y dejándose llevar por una tradición que sigue viva porque sigue siendo de todos.


Las Marzas no necesitan grandes focos para brillar. Son una tradición sencilla, caminada, cantada en voz baja y sostenida por quienes la viven desde dentro. Y quizá ahí reside su encanto: en que no buscan impresionar, sino acompañar el paso del invierno a la primavera con un gesto antiguo y compartido.

Como muestra de esa memoria viva, aquí queda una de las coplas más antiguas que aún resuenan en algunos pueblos cántabros:

“Marzu vien, marzu vien, marzu vien con so verdor; despertái, tierra dormida, que yega’l tiempu meyor.”

Un canto humilde, pero lleno de sentido. Un recordatorio de que, incluso en las noches más frías, siempre hay una voz que anuncia que lo mejor está por venir.

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